“A nosotros nos llevaron a El Salvador a que nos torturaran”, con esa frase contundente, Carlos Uzcátegui, tachirense de 33 años, resume los cuatro meses que pasó en el Centro de Confinamiento del Terrorismo (Cecot), tras ser deportado desde Estados Unidos junto a otros venezolanos acusados de pertenecer al ‘Tren de Aragua’, una acusación que niega rotundamente.
En entrevista con el programa Háblame Bajito de Radio Fe y Alegría Noticias, Uzcátegui relató los tratos crueles, el aislamiento y el terror psicológico que vivió desde el primer día en la megacárcel salvadoreña. “Vivimos puro maltrato desde el momento en que llegamos hasta que salimos”, afirmó. “A veces no recordaba ni mi propio rostro”.
Carlos salió de Venezuela el 19 de marzo de 2024, dejando atrás su local de comida y trabajo en minería. Atravesó la selva del Darién y varios países centroamericanos hasta llegar a Ciudad de México, donde trabajó en una marisquería mientras esperaba su cita migratoria por la aplicación CBP One.
«15 días sin cepillarnos los dientes»
El 10 de diciembre, en Matamoros, fue detenido por agentes del ICE. Tras mostrar un tatuaje, fue interrogado por el FBI y acusado de pertenecer al ‘Tren de Aragua’. “Me mostraron fotos de personas que no conocía. Nunca me creyeron”, aseguró.
Tras un mes en el centro de detención El Valle, en Texas, solicitó la deportación. Sin aviso, fue trasladado a El Salvador, donde comenzó su calvario. “Nos bajaron a la fuerza del avión. Nos golpearon hasta que entramos a la celda”, denunció.
En el Cecot, compartía celda con hasta 20 personas por litera, sin privacidad ni insumos básicos. “Comíamos con las manos, pasamos 15 días sin cepillarnos los dientes”, relató. Asegura que los venezolanos eran los más maltratados.
Carlos denunció que fueron golpeados por protestar y hacer huelgas de hambre. “Me dislocaron un brazo, me arrancaron las uñas de los pies. A otros les partieron las costillas”. Incluso tras la visita de la Cruz Roja, recibieron otra golpiza por hablar de las condiciones.
Sin acceso a abogados ni llamadas familiares, la única esperanza era la fe. “Dios era lo único que nos fortalecía. Sabíamos que no éramos delincuentes”.
El 18 de julio fue repatriado junto a 251 venezolanos. Ya en Táchira, recibe ayuda psicológica y agradece el reencuentro con su familia. Cumplió su promesa de asistir a la procesión del Santo Cristo de La Grita.
“Dios me probó en el fuego para transformarme en otra persona”, reflexionó. Hoy, Carlos busca reconstruir su vida, valorar lo esencial y dejar atrás el horror.
Con información de Radio Fe y Alegría Noticias.